Espejismos



ESPEJISMOS
Argumento:
Su amiga, su enemiga... Pero era suya; tuvo que aprender a vivir con ella.
Cuando el reflejo en el espejo no era lo que ella quería ver...
Cuando pensaba que la persona que la miraba desde él no merecía la más mínima atención, cuando en realidad la merecía toda.
Una historia, su historia... Una manera de ver la vida, su manera de ver la vida...


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No confíes en tu reflejo ni en lo que viste. Acomplejada; lo veo en tu mirada. Quererlo todo, todo sin tener que hacer nada. Buscas una forma fácil. Dentro de ese cuerpo se esconde un corazón frágil. Sé que es fácil de decir para el que no lo sufre y el que no lo siente; pero el ojo crea un espejismo que te miente.

(...)

¿Quién decide y quién le da significado a lo perfecto? Si ser superficial para mí es sólo otro defecto del imperfecto ser humano, la máquina que destruirá este mundo con sus propias manos.


Porta - Espejismos.

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Tiene dieciséis y un gran porvenir; la guapa de clase, ejemplo a seguir. Pero nadie se lo espera... Su cuerpo perfecto cambia por momentos; belleza por huesos, infierno... Que la arrastra hasta morir.

(...)

A los dieciséis comenzó a mentir. Salió de sus planes, luchar por vivir. Y llegó la primavera, ¡que sirva de ejemplo su corta carrera! Las flores más bellas se secan si se empeñan en partir.


Chenoa - Dieciséis.

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No come, no llora... Solo gasta energía. No se sienta, se levanta y así quema calorías. Doncella incomprendida, ¿por qué haces todo esto? El corazón pide cariño pero no es descubierto.

(...)

Es una historia y no un cuento; y no quieres despertar. Golpearte y enfrentarte con la dura realidad; desgarraste tu ilusión y quemaste tu belleza. La vida ofrece lo que das y lo que entregas. Cualquiera es culpable, cualquiera es inocente. Te miras al espejo y sentir que no te quieres. Entrégame tu mano y pelea contra ella; lucha por salir y devolver a esa princesa.

Xenon - Abre los ojos.

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-Angie, el doctor Harrison te está esperando -La chica alzó la cabeza y clavó sus ojos marrones en una de sus compañeras, quien se estremeció levemente por el contacto visual.

Esa mirada la hacía asemejarse bastante a una niña pequeña y desprotegida, y el hecho de levantarse sin decir nada le atribuía el cansancio y la desorientación.

Salió de la sala de estar con las miradas clavadas en su espalda; la rara del centro, cuando en realidad era la más normal de todos.

Anduvo por los estrechos pasillos hasta la consulta de su psicólogo, seguida de uno de los enfermeros de guardia.

Atravesó la puerta sin mediar palabra con el señor Harrison, sentándose enfrente de él; cruzando las piernas y uniendo las manos encima de su regazo.

-Está bien, James, puedes irte.
-¿Está seguro, doctor?
-Cierra la puerta al salir, por favor -Le contestó secamente.

El joven enfermero salió de allí mirando al suelo, cerrando la puerta en cuanto cruzó el umbral.

-¿Cómo estás, Angie? -La chica ladeó la cabeza y le escrutó con la mirada. El doctor suspiró- Hoy hace un año, ¿no es cierto? -Ella entrecerró los ojos, previniéndole con ese simple gesto- Quiero ayudarte, Angie, ya lo sabes. Pero necesito que tú me ayudes a mí; ayúdame a ayudarte.

Angie se carcajeó irónicamente, burlándose. Se levantó del asiento y empezó a pasearse por la diminuta consulta.

-¿Usted quiere ayudarme?

Su sonrisa se ensanchó; era la primera vez que hablaba en público desde hacía un año, y la cara de su interlocutor era una mezcla de sorpresa, admiración y satisfacción. Era algo de lo que ella podía sentirse orgullosa; siempre había despertado ese tipo de sensaciones en las personas, desde pequeña.

-No me diga, ¿en serio? -Echó un vistazo dentro de uno de los armarios que había allí- No me da esa impresión. Cada mañana que atravieso esa puerta -Señaló con un dedo la entrada y volviendo a su expresión anterior- me obliga a recordar porqué estoy aquí, haciéndome preguntas sobre algo de lo que, sinceramente, no quiero hablar -Dejó caer el brazo, girándose para encarar al doctor-. Y usted sigue, y sigue. Y no me deja respirar. ¿Sabe cuál es esa sensación; cuando nadie, absolutamente nadie, le deja tranquilo? ¿La conoce? -Angie esperó una respuesta, pero ésta no se produjo- La conoce... -Asintió, volviendo a sonreír con ironía.
-Angie... -Empezó él, sin poder terminar.
-Dígame una cosa; ¿por qué sigo aquí? -El doctor se encogió en su asiento- ¿No sabe la respuesta? -Chasqueó la lengua, insatisfecha- Vaya, qué lástima... Había pensado que quizá usted podía saberla. Dado que yo nunca he dado motivos a mis padres para que pensaran que estaba loca, desconozco cuál puede haber sido el motivo de mi internamiento en este psiquiátrico.

Se sentó en el sofá como lo haría una niña pequeña; poniendo los pies encima, pisando el tapizado de color salmón con sus bailarinas.

-Estás aquí porque, cuando Brooke falleció, tú dejaste de hablar -Angie se mordió el labio, haciéndose sangre de lo fuerte que apretó los dientes-. Te encerraste en ti misma, no dejaste que te ayudaran a superar su pérdida.
-Quizá no quiera -Contraatacó ella, experimentando la rabia de nuevo-. Quizá no me apetezca olvidarla.
-Nadie te ha dicho que la olvides, Angie. Simplemente tienes que aceptar que Brooke ya no está entre nosotros.
-No vuelva a pronunciar su nombre -Al doctor le dio la impresión de que Angie le había atravesado con algo cuando se giró para mirarle a los ojos. Tragó saliva ruidosamente al percatarse del nuevo color de sus ojos, de un rojo acaramelado por la luz que recibían en ese punto de la sala.
-Tus padres tenían miedo de que... tuvieras lo mismo que tenía ella -Empezó a tartamudear.
-¿Lo mismo que ella? -Rió suavemente, dejando al descubierto sus perfectos dientes blancos. Se levantó despacio y anduvo hasta la mesa donde él estaba sentado, cerrando sus manos en puños y apoyándolas en ella- Pero ¿alguien sabe lo que tenía ella de verdad? ¿Alguno de vosotros se ha preocupado en preguntarme a mí, a su novio o quizá a los profesores que tuvo ese año? -De nuevo el silencio los envolvió a ambos- Eso pensaba.
-¿De qué sirve preguntarte si no contestas nunca? -El doctor Harrison se sintió fuerte por primera vez desde que había entrado ella.

Angie negó pesadamente con la cabeza y se dirigió a la puerta.

-¿Ya te vas? -Se encogió de hombros ante la pregunta; esa fue su única respuesta.

"No era mi vida, era la suya... ¿Cómo queréis que traicione de esa manera su amistad? No tengo derecho a hablar sobre ello". Pensó ella, cruzando el umbral de la puerta.

Llegó al salón principal poco después; allí había un cristal que separaba la habitación en dos; una para los familiares, para que pudieran ver qué hacían sus seres queridos, y otra para los seres queridos, los enfermos, los que necesitaban atención.

Se sentó en uno de los sillones y se encogió, envolviéndose las rodillas con los brazos; camuflándose en aquel escenario.

-Hola -Alzó la cabeza lo justo para mirar el reflejo, en uno de los espejos, del chico que la había saludado.

Tendría que tener unos dieciocho años, quizá diecinueve, pero no más. Era alto, casi tanto como el hermano de Angie.

"Un bonito contraste". Pensó ella, al darse de cuenta, a pesar de la distancia, de que era moreno con ojos azules. Así había querido ser; en vez de eso, su pelo castaño encajaba a la perfección con sus ojos, que se asemejaban bastante al color de la miel.

-Lo sé, no tengo pinta del pirado de turno -El chico se encogió de hombros cuando descubrió a Angie analizándole de arriba a abajo a través del espejo-. Pero las apariencias engañan -Se dejó caer en un sillón cercano al de ella y se remangó las mangas para dejar al descubierto sus antebrazos, vendados desde las muñeca y casi hasta los codos.

Angie no se inmutó al verlo; estaba acostumbrada a sus compañeros de instituto. La mayoría eran buena gente, pero no era seguro tenerlos como amigos por esos pequeños incidentes; solían intentarlo, al menos, un par de veces al año. Ella era la que, con mucho esfuerzo, los hacía entrar en razón y conseguía que no volvieran a intentarlo la semana siguiente.

Había visto de todo; un par de chicos habían intentado tirarse desde la azotea del centro, los que tenían a alguien vinculado a la medicina, y sabían lo que el alcohol podía provocarles, bebían hasta desfallecer... Otros optaban por cortarse las venas, como había hecho el chico de ojos azules.

-Soy nuevo y aún no conozco a nadie. Te he visto aquí, sola, y he pensado que quizá estabas en la misma situación que yo -Sonrió de lado.
-Siento decirte que, si lo que quieres es un amigo, este no es el sitio adecuado, precisamente. Antes de que lleguen a hablarte, se perderán, empezarán a pensar que están solos, acabarán yéndose porque no son capaces de verte -El chico enarcó una ceja, entre cabreado y divertido por la reacción de ella, quien suspiró cuando pensó que quizá podría haber sido demasiado dura con él-. Lo siento; hace tiempo que no hablo con nadie.
-¿Por qué? -Quiso saber. Angie se mordió el labio, indecisa; no sabía si contarle la historia de su amiga o no. Al final, optó por resumirlo en unas pocas palabras.
-Prefiero evitar a la gente.
-No te gusta este sitio... -Razonó él. Ella se carcajeó.
-Es mucho más complicado que eso -El chico ladeó la cabeza a un lado, como incitándole a que siguiera hablando-. Hace un año, dejé de hablar. Mis padres me internaron aquí con la esperanza de que volviera a ser yo.
-¿Por qué dejaste de hablar?

Angie miró hacia el cristal de la gran sala; ahí estaban sus padres, quienes sonrieron y saludaron cuando ella alzó los ojos.

-No tienes porqué contármelo si no quieres -El chico rió-. No te culpo; nos acabamos de conocer, ni siquiera sé tu nombre, y ya quiero saber porqué estás aquí -Angie sonrió después de mucho tiempo cuando volvió a mirar el espejo.
-Angela, pero siempre me han llamado Angie -La sonrisa del chico se ensanchó.
-Encantado, Angie.
-Angie -Stella se acercó dando saltos y canturreando su nombre-. Tus padres están ahí. Quieren verte -La chica se balanceó sobre sus talones. Era menuda, algo que, unido a su comportamiento, hacía que pareciera una muñeca de porcelana.
-Ahora voy, gracias -Stella dejó de moverse, y su sonrisa de niña se esfumó al instante en el que Angie pronunció aquellas palabras. Se llevó las manos a la boca y salió corriendo hacia el jardín.
-¿Qué has dicho? -Le preguntó el chico, curioso por la situación.
-Algo -Se limitó a contestar ella, sacudiendo la cabeza un segundo después.
-¿Tus padres...? -Preguntó él indirectamente, al ver que ella no se levantaba. Angie rió sin querer.
-No quiero verles, nunca quiero verles; llevo un año sin hablar con ellos -El chico asintió.
-Eso es mucho tiempo.

El silencio los envolvió a ambos un momento, pero enseguida la voz suave de Angie lo interrumpió.

"Todo empezó cuando volvió de Nueva York el verano del año pasado" Empezó, sin que el chico la presionara para contar la historia de su amiga. "Había estado con su padre todo el verano, y fanfarroneaba un poco de que había conocido a muchos modelos, a cada cual más guapo y famoso.

Yo la notaba más delgada, pero ella se empeñaba en decirme que había engordado. Que todos esos modelos no habían comido casi nada en toda la campaña, y que ella sí, más que nunca.

-¿Quieres un poco? -Saqué un sandwich de mi mochila y, cuando quise cortarlo por la mitad, me paró.
-No, gracias -Se apresuró a decir.
-Es de queso, tu favorito -Negó con la cabeza mientras se sentaba a mi lado-. En serio, estás rara desde que volviste de Nueva York. ¿Qué te pasa?
-No tengo hambre, de verdad -Forzó una sonrisa para intentar demostrarme que no pasaba nada.
-Claro, y yo soy modelo -Ironicé, a sabiendas de que me diría algo así como: 'no, Angie, las modelos de Nueva York están muy delgadas, y tú no lo estás'.
-Pues podrías; envidio tu cuerpo, Angie -Abrí los ojos de golpe.
-Tú estás mucho más delgada que yo.
-Eso no es verdad, y lo sabes.
-¿Te has mirado al espejo?
-¿Y tú, Angie? Sabes que tengo razón; tu cuerpo es mucho más bonito que el mío. Tus caderas son perfectas, y no engordas por mucho que te lo propongas.
-Eso es por el metabolismo -Sacudí la cabeza-. ¡Pero si tú tampoco engordas!
-Eso es lo que tú te crees. ¿No me has visto? Este verano he engordado al menos dos kilos -Dejé un pedazo de pan a medio masticar.
-Brooke, estás más delgada que antes. ¿Has dejado de comer? No me mientas.
-Pero ¿no te he dicho que he engordado?"



-¿Y no había engordado?
-No lo sé, quizá tuviera razón... -Angie parecía indecisa- Ahora que lo pienso, tampoco estaba tan delgada.
-¿Más o menos que tú?
-Mucho, muchísimo, más delgada que yo; eso seguro -El chico entrecerró los ojos y la miró de reojo, observando su cuerpo menudo y sin grasa.



"Me comentó que había conocido a un chico en Nueva York. Nunca me dijo su nombre, pero yo sabía cuándo me hablaba de él porque siempre se refería a él como ÉL.

Me dijo que era rubio, con ojos oscuros... Justo lo contrario que tú -El chico sonrió de lado.

Todo lo que podía decir sobre ÉL, eran buenas cosas, nunca malas. Pero pienso que fue, precisamente ÉL, quien más daño le hizo. Nunca le vi; pero ella me confesaba que era el que le decía que había engordado.

Por un momento, ÉL fue más importante que su propio novio; todo lo que ÉL decía, era importante. Cuando su novio se acercaba, ella le rechazaba y se alejaba.


Llegué a pensar que se había vuelto loca. A veces hablaba sola; contra el espejo, o quizá con ÉL, ya que parecía ser quien le decía esas cosas. Pero allí nunca hubo nadie más a parte de mí; ella, yo... y el espejo. Giraba de una lado a otro para tener la máxima visión de sí misma.

-Sí, yo también lo veo -Susurraba, como contestando a una pregunta que nadie había formulado. Luego arrugaba la nariz y daba media vuelta para mirarse por detrás-. Tienes razón -Decía.

Cuando descubría que la estaba mirando, se limitaba a mirarme con sus ojos verdes; como atravesándome con la mirada. Sólo hubo una vez en la que, en una de esas situaciones, me dijo algo.

-No lo entenderías.


Una vez, empezó a chillar en frente del espejo. Yo no había dicho nada; había estado callada, sentada en su cama con las piernas cruzadas.

-¡Cállate! ¡Ya lo sé! ¡No me lo recuerdes! -Consiguió calmarse un momento, pero sólo una fracción de segundo- ¡Cállate! -Rompió el espejo, lo que le produjo un corte bastante profundo.

Lo pasé muy mal ese día; no sabía qué hacer, cómo actuar... Sólo veía sangre, sangre por todas partes.

Entonces me cogió de la muñeca, tirando de mí para que la mirara a los ojos.

-No... lo entenderías, Angie."



-Yo lo entiendo, y quizás ahora seas capáz de hacerlo tú también -Susurró el chico, interrumpiendo por primera vez la historia.
-Puede -A Angie se le formó un nudo en la garganta-. El problema es que ahora ella no está para contármelo.



"Hasta que llegó el día en el que no despertó. Antes de irse a dormir, me llamó; creo que ella ya sabía qué iba a pasar, al menos lo intuía.

-Anorexia o bulimia... O puede que ambas. No estamos del todo seguros.

Esas fueron las palabras del médico. Nunca supieron qué fue lo que tuvo exactamente."



Angie se dio cuenta de que tenía las mejillas empapadas de lágrimas; se las limpió rápidamente con las mangas del jersey ante la atenta mirada de él.

-¿Te ha sentado bien hablar de ello? -Asintió una sola vez- Entonces me alegro de haber sido yo quien estuviera para escucharte.

Angie volvió a mirar al espejo, buscando sus ojos a través de él; pudo ver la comprensión de alguien que ha pasado por lo mismo, o al menos algo parecido.

Apartó la mirada del espejo cuando descubrió a Michelle, una de sus compañeras de cuarto, aproximándose.

-Hola, Angie -Se sentó en frente de ella, en el suelo, con las piernas cruzadas-. ¿Con quién hablabas? -Preguntó, sonriente.

Angie se giró hacia él para presentarle, cuando se percató de que no sabía su nombre. Fue a replicar, pero se encontró con la única compañía de su amiga; el chico de ojos azules había desaparecido.

-Con... ÉL -Respondió, confusa.
-¿Con quién? -Michelle miró en esa misma dirección, hacia el sillón más próximo a Angie, entrecerrando los ojos cuando no vio a nadie.
-¿No le has visto cuando has venido hacia aquí? -Angie se giró rápidamente para mirar a su amiga con ojos confusos- Estaba justo a mi lado antes de que aparecieras -Michelle se mordió el labio, indecisa.
-Angie... Llevo mirándote desde hace un momento... Aquí no había nadie.

Tambaleándose, consiguió levantarse. Aún confusa, echó una última mirada al sitio donde, hacía a penas unos segundos, estaba el chico.

Sacudió la cabeza y miró a su alrededor, buscándole sin éxito.

Empezó a andar en dirección al jardín, pensando que, quizá, podría estar allí.

-Como siempre, es un placer hablar contigo, Angie -Masculló, molesta, Michelle.

Angie giró sobre sus talones para mirarla, ladeando la cabeza y escrutándola con los ojos.

Entonces su amiga lo supo; la Angie que ella conocía había vuelto y, la que había estado presente esa única tarde, ya se había marchado.

3 comentarios:

  1. No, para nada me esperaba ese final... Madre mía!! Aunque por otra parte a mi también me gustaría ver chicos buenorros a través del espejo...xDDD

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  2. Me encanta, es precioso. Tenía que haberlo leído antes. =)

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  3. MADRE DE DIOS,LO DEBERIA HABER LEIDO ANTES,ESTA SUPER CHULOOOOO,ME HA ENCANTADO^^,UN BESO:)

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