1653



Estoy comprometida. Pero no un compromiso cualquiera; un compromiso concertado. Es mi deber cumplir el juramento... y casarme con él.



Roma. 19 de febrero. 1653.


Mi mundo se desmorona. Mi padre, Luigi Rossi, ha muerto. Él era el único que podía impedir mi matrimonio concertado, pero sin él el juramento sigue en pie.
Mi madre acaba de anunciarme que la boda se celebrará mañana. Celebrar... No sé si ése es el verbo correcto; suele significar que es feliz, pero en una boda concertada poca gente es feliz.
Mis padres son de los pocos que se enamoraron y luego conocieron la gran noticia de su matrimonio; yo, en cambio, no iba a correr la misma suerte. No iba a tener un primer encuentro como el de ellos: mi prometido no era un compositor como mi padre, y yo desde luego no era como mi madre.

Desde niña, mi padre me enseñó el arte de cantar. Las notas fluían por mi garganta, convirtiéndose en una perfecta melodía. Mi madre me enseñó a bailar, y a mis 17 años cada paso que doy es como una pequeña danza.
Mis padres presentarían la boda; él cantaría y ella bailaría. Ahora que él ha muerto, mi madre se ha negado a bailar sola, ergo me toca a mí introducir mi propia boda; poner mi sonrisa más falsa mientras canto, y no equivocarme en ningún paso.

Pero esto no acaba aquí; mi prometido, Fernando IV de Hungría, apenas dos años mayor que yo, será en mayo Emperador Romano. Y es que al final todo se reduce a eso, a unir territorios.

2 comentarios:

  1. Me encanta como escribes, las palabras fluyen! De verdad, lo haces muy bien ^^

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